Jorge Carlos Trainini
Memorias que huyen de los espejos
Editorial Biblos

Páginas:
Formato:
Peso: 0.3 kgs.
ISBN: 9789878146836

La memoria es un desgarro en el espacio-tiempo de la conciencia, el guardián del yo. Avanza sobre el presente. Nos condiciona el futuro. Es el ojo del cancerbero. Siempre vigente, nos arrastra hacia las profundidades de la mente. Cuanto mayor es el tributo del recuerdo, más intercede en nuestra espontaneidad. Nos quita vuelos. Desbarranca las aspiraciones del ser renovador. Nos aleja de la condición natural, del retorno que hospeda a las estaciones, que no podrían regresar si albergaran reminiscencias. La ausencia de recuerdos nos devuelve a la esperanza absoluta, a la redención de la espera.Ardemos estivales y, sin embargo, persistimos en no ser temporarios. No aceptamos el dictamen de la memoria, viajamos por su imaginación. Si la primavera tuviese conciencia del pasado, no se reproduciría. Se convertiría en un último fuego. En cambio, su remembranza tiene la exacta dimensión de ser para el destino. Alcanza a saber de sí solamente en cada nuevo renacer. Ignora su declinación, por eso vuelve a su arbitrio, a su sentencia de impiedad.Como las estaciones, cada ser, sin plena conciencia, desgrana en el tiempo su circunstancia de vida y arde tantas veces como puede. No hay memoria suficiente en ellos para renunciar al presente. Es un estado desprovisto de temor y elocuencia por la eternidad. Solo el asumir estar circunstancial y temporal ofrece la máxima disposición de la libertad. Sin la contención del recuerdo que pueda convertir en harapos la magnificencia adquirida en ese estado pleno. Sin ese celo que impone la memoria.

Memorias que huyen de los espejos

$22.000,00
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Memorias que huyen de los espejos
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La memoria es un desgarro en el espacio-tiempo de la conciencia, el guardián del yo. Avanza sobre el presente. Nos condiciona el futuro. Es el ojo del cancerbero. Siempre vigente, nos arrastra hacia las profundidades de la mente. Cuanto mayor es el tributo del recuerdo, más intercede en nuestra espontaneidad. Nos quita vuelos. Desbarranca las aspiraciones del ser renovador. Nos aleja de la condición natural, del retorno que hospeda a las estaciones, que no podrían regresar si albergaran reminiscencias. La ausencia de recuerdos nos devuelve a la esperanza absoluta, a la redención de la espera.Ardemos estivales y, sin embargo, persistimos en no ser temporarios. No aceptamos el dictamen de la memoria, viajamos por su imaginación. Si la primavera tuviese conciencia del pasado, no se reproduciría. Se convertiría en un último fuego. En cambio, su remembranza tiene la exacta dimensión de ser para el destino. Alcanza a saber de sí solamente en cada nuevo renacer. Ignora su declinación, por eso vuelve a su arbitrio, a su sentencia de impiedad.Como las estaciones, cada ser, sin plena conciencia, desgrana en el tiempo su circunstancia de vida y arde tantas veces como puede. No hay memoria suficiente en ellos para renunciar al presente. Es un estado desprovisto de temor y elocuencia por la eternidad. Solo el asumir estar circunstancial y temporal ofrece la máxima disposición de la libertad. Sin la contención del recuerdo que pueda convertir en harapos la magnificencia adquirida en ese estado pleno. Sin ese celo que impone la memoria.