Raúl A. Yafar
Lecturas de la fobia
La docta ignorancia

Páginas:
Formato:
Peso: 0.3 kgs.
ISBN: 9789878407807

El posicionamiento de la fobia muestra con brutal pureza la inminencia de la constitución del sujeto. Clavado en ese instante donde queda acotado en el intervalo de dos significantes, el fóbico se siente un objeto pasivo y ajeno a toda escenografía imaginaria. La posición fóbica es la de la amenaza del miedo, la sorpresa desagradable, la vergüenza excesiva. Una subjetividad al rojo vivo. En ese instante de constitución del sujeto el tiempo se eterniza y no es manejable para el yo, donde podría aprehenderse. El fóbico no puede decir en primera persona,"yo-soy-el-que-experimenta-esto", es decir, su goce de la pulsión. En efecto, lo que desataría en el yo una apropiación de las pulsiones no termina de acontecer. Es decir, la instalación subjetiva como efectuación de la pulsión no culmina en un registro de ese movimiento. Entonces, hay una sensación de ausencia en el accionar mismo que es muy característica. Su ojo asiste a lo que el cuerpo realiza y él es un mero testigo secreto de su propia pasión. Vive perplejo y se siente inadecuado. Las cosas acontecieron en algún umbral, donde todo es áspero. Entrar, salir, retornar: todo es inmanejable. Ese fracaso lo ubica en una fugacidad que le impide reencontrarse sólidamente con su demanda en cada situación. Es decir, no atraviesa un drama que podríamos considerar localizado, sino que lo navega ajeno a todo guion. Y huye. Se vuelve una "cosa" separada del campo del Otro, ya que sus seudo-transferencias son amables, pero vacías. Es un "personaje raro", un extranjero en su propio hogar, desintegrado socialmente, rechazando la lógica de masas. Esto lo inunda sin aportarle una localización de sujeto. Se "comporta", pero no puede significar su acto. Por ello en la fobia predomina la angustia o los miedos proyectados, pero siempre existe una inhibición en cuanto al deseo entendido como acto. Toda intervención del analista, entonces, debe encontrar el hueco adecuado, una única rendija exquisita. Pese (o gracias) a ello la fobia es una estructura neurótica estable. Es tan característica la evaporación de la subjetividad del fóbico que sólo con él se podría haber inventado el psicoanálisis. La suya podría ser una historia del nacimiento de nuestra práctica: la fobia, el sujeto y el psicoanálisis coinciden. Ser fóbico es una forma de sabiduría. Ésta presupone que el otro es un monstruo, una alimaña hambrienta, alguien con intensiones horrendas. Este mismo punto es fascinante para la histérica que, inconsciente de ello, se ha dedicado meramente a domesticar a las bestias. Ni que decir del obsesivo, plagado de artimañas desplazadas, de religiosidades pomposas y superfluas. El fóbico sabe, en cambio, cómo padecer el deseo, porque su sagacidad surge espontáneamente, interpelando al imaginario humano. Uno de los dramas más agudos de la fobia es, entonces, el de una inteligencia tan cristalina como inmóvil, descreída de las máscaras y los disfraces. Raúl A. Yafar Septiembre 2025

Lecturas de la fobia

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El posicionamiento de la fobia muestra con brutal pureza la inminencia de la constitución del sujeto. Clavado en ese instante donde queda acotado en el intervalo de dos significantes, el fóbico se siente un objeto pasivo y ajeno a toda escenografía imaginaria. La posición fóbica es la de la amenaza del miedo, la sorpresa desagradable, la vergüenza excesiva. Una subjetividad al rojo vivo. En ese instante de constitución del sujeto el tiempo se eterniza y no es manejable para el yo, donde podría aprehenderse. El fóbico no puede decir en primera persona,"yo-soy-el-que-experimenta-esto", es decir, su goce de la pulsión. En efecto, lo que desataría en el yo una apropiación de las pulsiones no termina de acontecer. Es decir, la instalación subjetiva como efectuación de la pulsión no culmina en un registro de ese movimiento. Entonces, hay una sensación de ausencia en el accionar mismo que es muy característica. Su ojo asiste a lo que el cuerpo realiza y él es un mero testigo secreto de su propia pasión. Vive perplejo y se siente inadecuado. Las cosas acontecieron en algún umbral, donde todo es áspero. Entrar, salir, retornar: todo es inmanejable. Ese fracaso lo ubica en una fugacidad que le impide reencontrarse sólidamente con su demanda en cada situación. Es decir, no atraviesa un drama que podríamos considerar localizado, sino que lo navega ajeno a todo guion. Y huye. Se vuelve una "cosa" separada del campo del Otro, ya que sus seudo-transferencias son amables, pero vacías. Es un "personaje raro", un extranjero en su propio hogar, desintegrado socialmente, rechazando la lógica de masas. Esto lo inunda sin aportarle una localización de sujeto. Se "comporta", pero no puede significar su acto. Por ello en la fobia predomina la angustia o los miedos proyectados, pero siempre existe una inhibición en cuanto al deseo entendido como acto. Toda intervención del analista, entonces, debe encontrar el hueco adecuado, una única rendija exquisita. Pese (o gracias) a ello la fobia es una estructura neurótica estable. Es tan característica la evaporación de la subjetividad del fóbico que sólo con él se podría haber inventado el psicoanálisis. La suya podría ser una historia del nacimiento de nuestra práctica: la fobia, el sujeto y el psicoanálisis coinciden. Ser fóbico es una forma de sabiduría. Ésta presupone que el otro es un monstruo, una alimaña hambrienta, alguien con intensiones horrendas. Este mismo punto es fascinante para la histérica que, inconsciente de ello, se ha dedicado meramente a domesticar a las bestias. Ni que decir del obsesivo, plagado de artimañas desplazadas, de religiosidades pomposas y superfluas. El fóbico sabe, en cambio, cómo padecer el deseo, porque su sagacidad surge espontáneamente, interpelando al imaginario humano. Uno de los dramas más agudos de la fobia es, entonces, el de una inteligencia tan cristalina como inmóvil, descreída de las máscaras y los disfraces. Raúl A. Yafar Septiembre 2025