Mariano Dupont
Ruidos
Santiago Arcos editor

Páginas: 188
Formato:
Peso: 0.195 kgs.
ISBN: 978987-1240-33-3

«Un poco de silencio, ah, sí. Silencio. Me esperanzo, siempre; todas las noches me esperanzo. Me digo:Tal vez, tal vez no continúen. Tal vez se detengan".¡Iluso! Recuperan fuerzas y vuelven, siempre, aumentando la violencia de los ruidos. Un montón de decibeles, como pinchos. Pinchos de ruido. Grito, entonces, lo más fuerte que puedo:¡¡Silencio!! ¡Silencio!¡Hay gente durmiendo!iAcá se vive!¡Vive alguien!¡Yo!". Miento: "¡¡Es una casa de familia!!" Pero nada: siguen trabajando, incansables.» Al igual que el narrador idiota de «El sonido y la furia» de William Faulkner, el de esta novela de Mariano Dupont nos sumerge en un caos próximo al de las peores perturbaciones mentales. Y es que si Benjy ligaba involuntariamente su imaginario a la delicada máquina textual del Infierno bíblico, el narrador amnésico de Ruidos, recluido en un sótano, indiferente, entre otras cosas, a los marcos referenciales de los que suelen nutrirse los realismos, actualiza el oficio de narrar al tiempo que reescribe -abrumado por las imágenes eróticas del ciberespacio y las figuras que se suceden en su conciencia alucinada- las poéticas literarias extremas del siglo veinte: ruidos sin ningún significado.

RUIDOS

$15.000,00
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ISBN: 978987-1240-33-3

«Un poco de silencio, ah, sí. Silencio. Me esperanzo, siempre; todas las noches me esperanzo. Me digo:Tal vez, tal vez no continúen. Tal vez se detengan".¡Iluso! Recuperan fuerzas y vuelven, siempre, aumentando la violencia de los ruidos. Un montón de decibeles, como pinchos. Pinchos de ruido. Grito, entonces, lo más fuerte que puedo:¡¡Silencio!! ¡Silencio!¡Hay gente durmiendo!iAcá se vive!¡Vive alguien!¡Yo!". Miento: "¡¡Es una casa de familia!!" Pero nada: siguen trabajando, incansables.» Al igual que el narrador idiota de «El sonido y la furia» de William Faulkner, el de esta novela de Mariano Dupont nos sumerge en un caos próximo al de las peores perturbaciones mentales. Y es que si Benjy ligaba involuntariamente su imaginario a la delicada máquina textual del Infierno bíblico, el narrador amnésico de Ruidos, recluido en un sótano, indiferente, entre otras cosas, a los marcos referenciales de los que suelen nutrirse los realismos, actualiza el oficio de narrar al tiempo que reescribe -abrumado por las imágenes eróticas del ciberespacio y las figuras que se suceden en su conciencia alucinada- las poéticas literarias extremas del siglo veinte: ruidos sin ningún significado.